TAXI TEHERÁN. CINE IRANÍ DISTRIBUIBLE (Y PREMIADO)

Jafar Panahi borda un ejercicio de estilo semidocumental al volante de un taxi, recorriendo las calles de Teherán

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He aprendido más acerca de Norteamérica en los taxis que en todas las limusinas y coches oficiales del país“, decía el candidato Charles Palantine, personaje que el crítico cinematográfico Leonard Harris interpretaba en Taxi Driver (1976). Entusiasmado, el inquietante Travis Bickle le prometía su voto a Palantine, asegurándole que alguien “debería limpiar esta porquería de ciudad y tirar de la cadena para que se vaya toda la mierda“.

Este diálogo firmado por Paul Schrader, y la inevitable similitud con Ten (2002) de Abbas Kiarostami, podrían servir como punto de partida de la última obra del inclasificable Jafar Panahi, Taxi Teherán, flamante ganadora del Oso de Oro en la Berlinale. En arresto domiciliario desde 2009, el mero hecho que Panahi siga en activo es reseñable y digno de admiración. El director ya demostró en This is not a movie (2011) y Closed Curtain (2013) su indomable creatividad, además de una incuestionable capacidad para hacer de la necesidad virtud, que le han permitido, en esta ocasión, grabar una singular road movie urbana; un delicado equilibrio entre la obra política y una honesta declaración de amor hacia el oficio del cineasta.

La escasez de medios o la austeridad formal no impiden a Panahi hilvanar una narración que invita a la constante reflexión y crítica de la realidad social iraní, y a explorar con fascinante sencillez los límites y mecanismos más esenciales del dispositivo cinematográfico. Una cámara instalada sobre el salpicadero de un coche, un segundo encuadre fijo sobre el asiento de los pasajeros, el punto de vista de la cámara de un teléfono móvil, y algún que otro apunte sonoro y de voces en off, son las herramientas con las que el cineasta se basta para confeccionar una cinta compleja, profunda, y contestataria como pocas.

La recientemente fallecida Chantal Akerman apuntaba en una ocasión que todas las películas tienen algo de documental, puesto que incluso en la ficción estamos viendo un documental acerca del trabajo de los intérpretes. ¿Quién está interpretando y qué se está interpretando? ¿El propio Panahi, en su rol de taxista torpe (un auténtico peligro al volante)? ¿El espontáneo que desenmascara a los demás supuestos actores? La forzada espontaneidad de determinadas situaciones, esa “realidad sórdida” que tanto aterra a los censores iraníes, son más que suficientes para que el director señale un tema, profundice en él, y logre elaborar un discurso coherente y convincente.

La película está plagada de autorreferencias y guiños a su propia filmografía, como las conversaciones con el joven estudiante de cine, o los peces dorados de El globo blanco (1995). Son concesiones que, tratándose de cualquier otro cineasta, podrían antojarse como condescendientes pero que, en manos de Panahi, adquieren matices de pura dignidad, de supervivencia: mensajes en una botella lanzados por un náufrago preso en su isla desierta. Tal y como lo expresa la señora de las rosas, la abogada activista que sube al taxi en el último tramo del metraje, “tras salir de la cárcel, te das cuenta de que el exterior se ha convertido en tu propia cárcel”. Y así como el piso y el ascensor de This is not a movie servían como analogía perfecta y directa de esta cárcel, aquí Panahi logra sintetizar y confinar la cárcel del exterior, Teherán, en el interior de un taxi sin rumbo fijo.

Se trata, pues, de una magistral lección de estilo. Sosegada, sutil, mordaz, valiente, e inspiradora. Y, lo más importante, distribuible.

Fuente: http://es.blastingnews.com/

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